Ética Financiera

la formación ética como mecanismo de prevención de la corrupción y el fraude

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Estamos asistiendo a un momento en el que con demasiada frecuencia nos vemos sorprendidos por nuevos casos de corrupción y fraude. La falta de comportamiento ético parece afectar, sin discriminación, a distintos sectores de nuestra sociedad: políticos, analistas, banqueros, empresarios, directivos, y entre ellos, también a economistas en sus diferentes campos de actuación profesional.

Y la pregunta que a todos nos asalta es cómo es posible que individuos que han llegado a los más altos cargos de poder de las distintas organizaciones se comporten de esa manera. Podríamos llegar a pensar que el mero hecho de acceder a dichos puestos deteriora el nivel moral de las personas. Pero este razonamiento no debe satisfacernos.
En la búsqueda de respuestas debemos anticiparnos y dirigir nuestra atención a las etapas previas al acceso a dichos cargos y averiguar dónde o cuándo han fallado los mecanismos que la sociedad tiene para protegerse de las actuaciones poco éticas de los que gestionan, dirigen y lideran las distintas organizaciones.

La sociedad demanda profesionales competentes capaces de responder a los cambios y adaptarse a las nuevas necesidades del mercado. Pero además, tal y como los distintos estudios demuestran, exige profesionales con responsabilidad e integridad, que promuevan y desarrollen en las organizaciones políticas de sostenibilidad y responsabilidad social.
Todos estaremos de acuerdo con que los primeros responsables de la educación moral de los individuos son las familias y los colegios. y es ahí, el primer entorno en el que el individuo debiera aprender el sentido de la responsabilidad, de la empatía, del deber, del respeto, etc. A pesar de que, probablemente, ésta sea la etapa que más influencia tiene en el comportamiento del adulto, no podemos olvidar que la formación de las personas no termina ahí. La universidad es la responsable de formar profesionales y de garantizar al mercado que los individuos que acceden al mismo poseen las habilidades y competencias que la sociedad demanda.
La universidad tiene como misión educar a la sociedad (ortega, 1930). Hoy en día la gran mayoría de personas que ocupan puestos de responsabilidad en nuestra sociedad ha pasado por las aulas universitarias. Entonces, ¿qué es lo que ha fallado?. La enseñanza universitaria parece haber errado en su proyecto de formar a los futuros líderes de la sociedad. Nos hemos olvidado de educar y nos hemos concentrado de manera excesiva en instruir. La consecuencia de ello es que no hemos trasladado a nuestros estudiantes la importancia de la honestidad, de la responsabilidad o de la integridad. Y eso contribuye a la realidad que estamos viviendo.

Cuando la sociedad indaga sobre las causas de la situación actual y observa el currículum de los individuos a los que se les imputan prácticas de corrupción y engaño, se pone de manifiesto las carencias señaladas.

Las investigaciones realizadas indican que, hasta hace pocos años, los planes de estudios de los futuros líderes económicos y sociales no incluían prácticamente ningún entrenamiento en aspectos distintos de los meramente técnicos relacionados con su perfil profesional.

Es decir, no se trabajaban los aspectos éticos ni como asignaturas independientes ni de forma transversal en las distintas materias que conformaban el currículum.
Es el aprendizaje y el entrenamiento en la resolución responsable y honesta de los conflictos a los que se enfrentarán los estudiantes cuando accedan al mercado laboral, el mecanismo de prevención de las actuaciones no éticas. La mejora de la conducta se debe producir, no sólo por el miedo a las sanciones derivadas de los incumplimientos, sino porque los profesionales comprenden la importancia global de la actuación responsable. No son suficientes nuevos requerimientos y sanciones que inhiban las malas prácticas. esas medidas a posteriori, por sí solas, no garantizan la integridad de los que ocupan los cargos de responsabilidad.
La integración de la ética en la educación superior, y especialmente en la formación de los líderes empresariales del mañana, les ayudará a resistir las presiones, a buscar soluciones responsables a sus dilemas y a actuar, en definitiva, como la sociedad espera de ellos. Por tanto, parece indiscutible la necesidad de que la universidad ofrezca una formación integral en valores. la toma de conciencia ya se ha iniciado en las aulas universitarias y son, cada vez más, los profesores que asumen, de forma valiente, el reto de entrenar a sus estudiantes en la resolución de los conflictos de interés y de los dilemas a los que, probablemente, se enfrentarán cuando accedan al mercado laboral.

Sin embargo, no es solo la universidad la que debe hacer un análisis crítico de su parte de responsabilidad. La educación del individuo no finaliza al acabar sus estudios universitarios. Muchos de estos estudiantes entrarán a formar parte de organizaciones profesionales que regulan la actuación de sus miembros. Por tanto, no debiéramos eludir el papel que pueden y deben jugar las corporaciones profesionales en el entrenamiento ético de sus miembros, como parte de la formación continua que les ofrecen. Las corporaciones profesionales pueden trabajar para mejorar el comportamiento de los profesionales en su lugar de trabajo, y conseguir así que el profesional comprenda e integre la ética en su quehacer diario. En caso contrario, se corre el riesgo de que los dilemas morales y la resolución de los mismos se queden en las aulas y se pierda su conexión e importancia trascendental en el ejercicio profesional.

En definitiva, los distintos implicados en el proceso de formación de los futuros líderes empresariales nos encontramos ante la obligación y la responsabilidad de prepararles para su carrera profesional.
Y ello requiere, no solo ofrecerles el conocimiento técnico de la disciplina sino también, y tan importante como ello, despertar la sensibilidad hacia las cuestiones éticas, garantizar el entrenamiento en los posibles dilemas ante los que se van a enfrentar y formarles en el compromiso que van a asumir como profesionales.

LOS BENEFICIOS DE LA ACTUACIÓN RESPONSABLE de los que ostentan cargos de responsabilidad en las organizaciones redundarán, no solo en ellos o en su entorno más próximo, sino también en los diferentes agentes que se ven afectados por la actuación de aquéllos como trabajadores, clientes, inversores o acreedores, en definitiva, en la sociedad en su conjunto.

MARCELA ESPINOSA

Artículo publicado en la revista “ekonomista 2.0” N.º 09

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